Nuestra elección de ser enfermeros está determinada por la vocación de cuidar al otro. Esto resulta imposible si no me cuido primero a mí, si no cuido a todo aquel que está a mi lado o a todo el equipo interdisciplinario que me acompaña. En la actualidad, nos encontramos con un proceso de trabajo violento, impuesto desde la gestión, protocolizado, que amenaza solapadamente nuestras defensas y nuestros valores colectivos.

Ante este escenario, nos preguntamos: ¿Qué nos lleva a no reconocer al otro en el espacio laboral? ¿Por qué puedo cuidar a un paciente pero no soy capaz de cuidar a mi compañero, que trabaja junto a mí todos los días? No debemos y nos parece grave naturalizar estas situaciones. El mundo entero se ha vuelto violento (basta mirar los diarios, noticieros) y nos plantea que es mejor no involucrarse, dando como resultado la autoexclusión y el aislamiento. Por eso, nuestro desafío es analizar esta realidad, reconocerla y trazar estrategias.Nuestro reto es y será reconstruir solidaridades.

El trabajo es la actividad fundamental del ser humano porque nos permite crear y trascender. Pero no hay que olvidar la característica central: el trabajo siempre es en equipo, trabajamos con otros. El simple hecho de pertenecer a un equipo es suficiente para lograr nuestro crecimiento. En este sentido, lo que aquí nos interesa plantear es la solapada violencia que no proviene de lo ajeno, de lo otro, sino de lo idéntico. Debemos considerar que si uno no activa su “sistema inmunológico” no genera anticuerpos, no genera mecanismos de defensa ante lo naturalizado y termina siendo condescendiente con la idea de centrarse en uno y no mirarse en el otro, es decir, de no cuidar al compañero. Por supuesto que ésta idea no se origina en los trabajadores, sino en la gestión de la organización, que pone en marcha diversos mecanismos perversos, muchas veces (no siempre) en nombre de la calidad y que presionan a los trabajadores en la forma de ejercer su rol. Por eso nuestro reto es y será reconstruir solidaridades.

Hoy, la exigencia pasa fundamentalmente por el rendimiento, lo que esto genera éxitos únicamente individuales. Las personas temen no ser exitosas y la evaluación individualizada de ese rendimiento hace estragos, genera una competencia generalizada que no me permite mirar al otro como mi compañero, como mi igual, muchas veces se constituye en mi rival. Y aquí nos permitimos afirmar que las exigencias de la tan nombrada calidad provocan tensiones y aislamiento, generan pasividad, ausencia de solidaridades de mis compañeros, y el agravamiento de, en palabras de Dejours, las “patologías de la soledad”, que nos lleva a desestructurar los mecanismos colectivos de defensas.Por eso nuestro reto es y será reconstruir solidaridades.

Por otro lado, el rendimiento va unido a los protocolos de calidad, protocolos que fragmentan, ya que todo trabajador está obligado a seguirlo, sin dejar lugar a la expresión personal. Entonces la capacidad de reflexión y de análisis crítico está cortocircuitada, vale decir, lo no pensado en la gestión de calidad es justamente la inhibición de la inteligencia relacional, que consecuentemente lleva a la despersonalización. Pero está claro que para la mentada calidad esto no sería un obstáculo, ya que no se evalúa, se privilegia sólo el aspecto técnico. Esto es determinante en la falta de placer por el trabajo, porque el trabajo prescripto, protocolizado deja de lado el trabajo real, ese que pone en juego mi creatividad sin la cual no hay placer. El interrogante vuelve a ser el mismo, la intersubjetividad no está contemplada, ni con el equipo de salud ni con el paciente, todo pasa por lo técnico, todo puede ser mensurable. Por eso nuestro reto es y será reconstruir solidaridades.

Entonces, ante esta realidad, ¿qué ocurre? El compañero se siente maltratado, aun cuando su dedicación es máxima, aun cuando pone todo de sí, sabe que no puede hacerlo bien, que no aplica sus saberes. Y mañana frente a un incidente, será acusado inevitablemente de faltar a los reglamentos, las prescripciones. Y como la evaluación es individualizada, es personalizada, como lo que se evalúa es el puesto de trabajo, la aplicación de las normas, las competencias, consecuentemente se deja de lado el trabajo en equipo, los trabajadores son “administrados como recurso humano”. Y entonces se rompen o degradan los mecanismos de comunicación y la cooperación entre compañeros; o bien se conforman alianzas colectivas de exclusión, surgiendo así “los del turno noche”, “los franqueros”. Siempre hay exclusión, se culpabiliza al compañero que se ausentó por la sobrecarga laboral de otro, invisibilizando la responsabilidad de la gestión. Por eso nuestro reto es y será reconstruir solidaridades.

En conclusión, estas formas de gestionar los procesos de trabajo generan una violencia solapada que intenta destruir fundamentalmente las identidades colectivas, consecuentemente valores como la unidad, solidaridad, participación y demás valores que sustentan la organización sindical. Creemos que debemos darnos tiempo para reflexionar, para no caer en el aislamiento y así generar estrategias de conjunto. Por eso nuestro reto es y será reconstruir solidaridades.

Mónica Consoni 
Sub Secretaria de Cultura

Byung-Chul Han (2012) La sociedad del cansancio Barcelona. Colección Pensamiento Herder. Editorial Herder. Traducción Arantzazu Saratxaga Arregi.
Grandjean Catherine La perversión de la gestión. Una aproximación crítica de la gestión calidad en las instituciones sanitarias, sociales y médico-sociales. En www.ffcle.es/files/lapervesiondelagstion.doc
Wlosko M, Ross C (2008) Violencia laboral y organización del trabajo en personal de enfermería. Crítica de la cultura organizacional. Claves para cambiar la organización del trabajo” Psicolibros- UNER